precipitarnos en él, pero no porque lo queramos, sino porque se nos ha hecho
creer impotentes de aspirar a más, sin quedar al parecer otro camino, para ya no
sufrir más, que, destruir nuestras ilusiones de golpe, antes que caer en la tortura
infinita, a causa de, la frustración continua de no cumplirlas, de no saber por qué
tenemos la culpa de nuestro fracaso, y de el de los demás, quienes nos
pensamos, en otro tiempo, la explicación de su éxito.
Normalmente, aproximarnos al mundo leyéndolo de manera metáforica,
suele ser deudor de enfoques estructuralistas de la experiencia humana, que
parten de la idea de que, existen estructuras subyacentes que no podemos
observar, sino que, sólo podemos ver sus manifestaciones externas o
superficiales, de ahí su interpretación simbólica, no la realidad en sí, pero sí una
interpretación que quisiera revelar lo que se esconde en un fenómeno como el
mobbing, tan lleno de episodios concretos, de violencia velada e invisible, como
difícil de detectar, en cuanto a la verdadera proporción de la violencia embozada
que encierra.
Si bien, conviene mejor, pensar que la realidad, más que un misterio a ser
resuelto, o un enigma a decodificar, es un retrato descriptivo, que lo mismo puede
ser descrito con densidad y en forma exhaustiva, con muchos detalles, antes que,
de manera superficial e incompleta, una historia de vida, que se conecta con otras
historias de vida, historias compartidas, que de vivirlas se ven vividas por otros, lo
que aumenta significativamente, el poder entenderlas, entendiendo de modo
oblicuo o lateral, nuestra propia historia, al ver lo que no vimos, que nos pasaba en
el mobbing, lo que sí vieron otros y lo callaron, lo que hace visible lo invisible,