que Freud (2000) denomina un extrañamiento de la realidad y una retención del
objeto vía psicosis alucinatoria de deseo –patología que hace creer al sujeto que
el objeto amado no ha muerto, particularmente presente en la experiencia onírica,
pero según Freud (2011c) de difícil interpretación–, aunque lo habitual es la
prevalencia del acatamiento a la realidad, la cual se efectúa, de acuerdo con
Freud (1992a), de manera paulatina y de forma dolorosa, ante la investidura
narcisista transformada en investidura de objeto.
Los lazos entre la persona dolida y el objeto perdido se desatan lentamente –lo
que, en términos económicos, compensa la energía absorbida en el trabajo del
duelo mediante la disipación del gasto que se requería–, hasta que, llegado el
momento, la realidad pronuncia su veredicto, relativo a la no existencia de la
persona amada, circunstancia en la cual, “el yo, preguntado, por así decir, si
quiere compartir ese destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones
narcisistas que le da el estar con vida y desata su ligazón con el objeto
aniquilado.” (Freud, 2000, 252), lo que puede llevar al doliente, conforme a Freud
(2011c), a sentir alegría de estar vivo y no muerto como el ser amado. Con la
desaparición de los lazos entre el sujeto y la persona amada se considera que la
pérdida ha sido vencida. El sobreviviente tiene entonces, de acuerdo con Freud
(2000), la capacidad de elegir un nuevo objeto libidinal.