Por consiguiente, una decisión es el resultado de la interacción de varios
elementos relativamente independientes entre sí que se mueven dentro de una
organización (Cohen, March & Olsen 1972), y la interpretación que se puede hacer
de ella es tan sólo un juicio a posteriori, que los participantes u observadores
hacen del proceso decisorio y, por tanto, es una interpretación sesgada y ambigua
(March y Olsen, 1976).
La teoría de las anarquías organizadas es, precisamente, una propuesta en
que la decisión pierde su carácter lineal, para juzgarse como un proceso complejo,
de relaciones flojamente acopladas entre problemas, soluciones y
participantes.(Simon, 1979). Es importante aludir a esta contribución de la teoría
de las anarquías organizadas porque, en definitiva, el proceso decisorio puede ser
todo, salvo una actividad puramente intelectual, susceptible de aislar del torrente
de actos. Más bien debe considerarse como una respuesta sistemática total,
racionalmente limitada, en que el azar desempeña un papel muy importante.
Para la teoría de las anarquías organizadas el decisor no es un agente
autodeterminado, es decir, un individuo que toma decisiones de acuerdo con una
jerarquía de preferencias bien definidas. Esta teoría sostiene que los actores sólo
pueden definirse y constituirse racionalmente y no de manera endógena. Lo que
supone plantear los problemas de la interacción del orden social y del poder,
ninguno de los cuales puede ser abordado a entera satisfacción por las
respectivas secuenciales de la toma de decisiones.