instrumental, dejan de lado las dimensiones éticas y políticas de la acción
humana.
Este podría ser el origen de esta permanente discrepancia entre las decisiones
que se toman en el ámbito de la acción social inducidas por la tecnociencia - e
incluso cibernéticamente controladas- y las decisiones deducidas desde una
teoría orientada a la práctica que no tiene como finalidad sólo el incremento
constante de la manipulación de las cosas y la objetivación y reificación de las
relaciones humanas, sino que, por el contrario, ayude al despliegue de la
autonomía de la acción transformadora. De allí la necesidad de consolidar en el
estudio de las organizaciones y de su transformación en un conocimiento crítico
capaz de esclarecer y de ayudar a superar este encadenamiento positivista -al
parecer irreductible, entre la razón y la decisión.
Y esta es una tarea posible en tanto el conocimiento crítico desde la época de la
Ilustración ya estaba referido a una orientación científica de la acción. Más aún,
incluso el conocimiento de la naturaleza estaba estrechamente ligado con la
praxis en sus dimensiones éticas y políticas. Sin embargo, con el desarrollo de
las ciencias experimentales y la introducción masiva de un conjunto de
dispositivos y prácticas derivadas de ellas en la vida social, han conformado la
conciencia de gran parte de los investigadores científicos y filósofos de la
ciencia hacia el entendimiento y la autocomprensión en términos de las ciencias
experimentales.