aprovecha sus actividades para generar vínculos con sus vecinos y mejorar, junto
con éstos, la calidad de vida de la colectividad y de las comunidades”.
Frente a estas ideas, que forman parte de lo prescrito, ahora atendamos el otro
lado de la luna, acercándonos a un hecho de factura reciente. Se señala en
información publicada por el semanario
Proceso
: “un tanque de almacenamiento
de residuos químicos de la Mina Buenavista del Cobre, propiedad de Grupo
México, en Cananea, Sonora, derramó parte de su contenido y escurrió en aguas
del río Bacanuchi y el río Sonora. Aproximadamente 40 mil metros cúbicos de
solución de ácido sulfúrico fueron derramados desde la mina. Debido al derrame,
el río Sonora adquirió un color anaranjado sorprendiendo a los pobladores de
Banámichi, donde se cortó el suministro de agua ante el peligro de contaminación
por tóxicos que ya afectó a productores locales de leche” (
Proceso
, 15 de agosto
de 2015).
Una semana después del hecho –que en el desplazamiento del agua en un río
significa cientos de kilómetros-, la empresa aceptó su responsabilidad, en tanto el
curso de los ríos diseminó el daño, lo amplificó, retomando el argumento de
Guerrero “Los ríos se alimentan de la lluvia, los escurrimientos superficiales, las
fuentes subterráneas y de la fusión de las nieves de las montañas. Todas las
aguas que concurren a alimentar a un río forman lo que se conoce como su
cuenca, es decir, el área drenada por él…Al correr hacia el mar, arrastran sólidos y
nutrientes que benefician a la vida acuática, pero también elementos indeseables
cuando se descargan sobre ellos productos contaminantes de la actividad
industrial” (Guerrero, 2012: 68), como es el caso que estamos atendiendo.