Página 41 - PODER Y CONFLICTO

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antes de que sucediera la tragedia. Pero, desde la visión de los que tienen el
poder económico y parte del control poblacional, eran voces de obreros, poco
calificadas para entender lo que es el mundo industrial, o voces de agitadores
adscritos a organizaciones sociales. Accidente no, si repensamos que se pone de
relieve la irresponsabilidad social corporativa de la minera cuando están ausentes
“mecanismos de prevención que permitan anticipar las probabilidades de
ocurrencia de accidentes, ni reglas de funcionamiento establecidas para minimizar
los riesgos, ni equipamientos tecnológicos adecuados al contexto en el cual se
desarrolla la actividad” (Walter y Pucci, 2007: 16). Accidente no, en todo caso se
trató de la crónica de una muerte colectiva anunciada.
Por ello, por la frecuencia de los accidentes y la prevalencia de enfermedades
típicas del trabajo de los mineros, se ratifica la tesis de Ricchi (1981): trabajar
enferma, sobre todo en las condiciones en que se desenvuelve el trabajo de los
mineros mexicanos. En esto se acercan los empresarios de los corporativos
mineros a los sindicatos, de diferente corte, que representan legalmente a los
trabajadores de las minas. Los sindicatos, por su lado, poco han avanzado en la
constitución de la salud como una parte sustantiva de su materia de trabajo.
Trabajadores sordos y con los pulmones deshechos, confinados, en un encierro
que les debilita por el nulo contacto con la luz solar, siguen siendo “los
condenados a las minas…habitantes de ultratumba”, sin que la negociación
colectiva se vuelque de manera decisiva hacia este aspecto. Las comunidades
afectadas, por daños ambientales o porque en ellas se recluta al trabajo minero,
tienen bronca por los daños que han sufrido pero, al mismo tiempo, una parte de