capaces de valerse por si mismos; el día de mañana esperamos que
ustedes también hagan de sus hijos profesionales educados; recuerden
siempre que el ejemplo es lo que mejor educa; en la vida estamos
expuestos a cosas buenas y malas y si uno no está claro en sus creencias,
sus valores, aprende lo bueno y lo malo de los demás; lo más importante
que se debe aprender es a vivir en familia…
La repetición de estos mensajes no es un error en este texto; por el contrario, es
una acción intencionada que está poniendo de manifiesto la manera como han
pasado de generación a generación los saberes familiares en relación con el
sentido e importancia de la educación; en este caso referida a la formación de los
hijos. Lo particular ahora en nuestra generación es que algunos de nosotros
hemos sido formados en el campo de las Ciencias de la Educación: para el caso
acreditamos títulos formales como bachilleres pedagógicos, como licenciados en
educación y como postgrados, en las modalidades de especialización, maestría y
doctorado. Este hecho ha marcado una diferencia importante en relación con el
papel que como educadores estamos procurando desempeñar con nuestros hijos;
lo cual no significa automáticamente que sea garantía que lleguemos a ser
mejores formadores que nuestros padres. De manera permanente nosotros
reflexionamos sobre la educación de nuestros hijos, sobre nuestra intencionalidad
y sobre nuestra responsabilidad formativa. Lo hacemos habitualmente con un tipo
de lenguaje cotidiano, similar al empleado por nuestros padres. En contraste con
este tipo de lenguajes, con frecuencia también expresamos en nuestras
conversaciones familiares y sobre todo en nuestros diálogos académicos
mensajes como estos:
…la educación tiene por sujeto al ser humano, siempre con una
intencionalidad transformativa en función de su desarrollo; lo importante es
que a través de la educación cada quien, a partir de su irrenunciable