que investigan estos temas, cuando ocasionalmente dirigen su atención hacia el
interior de sus propias universidades, concentran el análisis en los que enseñan
más que en analizar los comportamientos apropiados y éticos que las instituciones
universitarias deben alcanzar en materia de responsabilidad social (Gaete, 2011).
La noción de Responsabilidad Social Universitaria ha adquirido un sentido distinto
en el siglo XXI y ha pasado a referirse a la relación entre el papel desempeñado
por las instituciones de educación superior en la formación de personas que
posean perfiles multidisciplinarios, generando conocimiento en el contexto de su
aplicación y vinculándose orgánicamente con el entorno y lo que la sociedad
demanda en beneficio de sus mayorías. Su resultado se concreta con el diseño y
puesta en marcha tanto de proyectos de desarrollo humano sostenible como de
estrategias cuyo propósito es el acortamiento de brechas cognitivas entre
sectores, instituciones y países, por lo que su efecto provoca cambios tanto en la
reconfiguración de la estructura institucional y la naturaleza de sus funciones
sustantivas, como en el diseño de nuevos dispositivos que hacen accesible la
operación de innovadores mecánicos de cooperación internacional, organización
en red y vinculación con sectores sociales y económicos diversos, hasta hace
algunos años inimaginables (Herrera, 2008).
La Responsabilidad Social en su doble dimensión de exigencia ética y de
estrategia racional de desarrollo para la inteligencia organizacional, pide a las
organizaciones que respondan de sus acciones y consecuencias, al mundo y a los
diversos grupos sociales afectados. Son muchas las empresas que han