públicos comenzaron a exigir rendición de cuentas a las instituciones de
enseñanza superior, de modo que éstas justificaran la inversión pública y los
gobiernos tuvieran indicadores para repartir subvenciones (Gálvez yEgido, 2010).
Las evaluaciones orientadas a la mejora interna de los procesos parten de la idea
de que la evaluación puede ser una herramienta para crear una comunidad de
trabajo, crítica y autocrítica, capaz de hacer de su autonomía una afirmación de
identidad social. En este sentido «la evaluación es creadora de comunidad, porque
debe permitir construir una reflexión común, no sólo sobre la realización concreta
de objetivos, sino también sobre las finalidades» (Salmerón, 2000).
Este planteamiento perdura en la actualidad. La finalidad perseguida al realizar la
evaluación determinará el enfoque adoptado, condicionando tanto los sistemas
como los procedimientos y actores de la misma.
Acreditación de calidad en la enseñanza superior
A nivel internacional, se ha llegado a un cierto consenso en cuanto a la
trascendencia de la evaluación externa y la acreditación, como medios eficaces
para alcanzar el mejoramiento de la educación superior. Con ello, las instituciones
educativas buscan obtener un mayor reconocimiento social, una garantía pública
de su “calidad”, así como la de los programas educativos que ofrecen.
La acreditación está ligada íntimamente a la evaluación, que constituye un
proceso previo e indispensable para recabar información, lo más objetiva posible,
acerca del trabajo que desarrolla la institución y la pertinencia de sus programas
educativos, a fin de otorgar un juicio que certifique o avale su calidad (Martí,
Cervera y González, 2013).