y un campo de oportunidades delimitado en cuyo interior se efectúa la acción. Por
esto, las identidades colectivas no pueden considerarse como sujetos que actúan
bajo propósitos específicos unificados como en ocasiones lo intentan hacer
parecer sus líderes, sino que se trata de una acción social orientada que cuenta
con fines, medios y un determinado campo de acción.
Estos elementos son definidos a través de un lenguaje compartido por una parte o
la totalidad de la sociedad - o también por un grupo específico -, y son
incorporados a un conjunto determinado de experiencias culturales, todo lo cual
permite a los sujetos involucrados asumir las orientaciones de la acción así
definidas como un “valor” o un “modelo cultural” apropiado para la incorporación
colectiva.
Es por ello que se produce siempre cierto grado de implicación emocional en la
definición de la identidad colectiva, lo que permite a los individuos sentirse parte
de una unidad común (comunidad).
En suma, la identidad colectiva va a definir una capacidad para la acción
autónoma, y la distinción del actor respecto a otros, dentro de la continuidad de su
identidad.
Cabe destacar que para lograr que la auto-identificación proporcione base a la
identidad deberá contar con el reconocimiento social; esto es la capacidad del
individuo para diferenciarse de los otros habrá que ser reconocida por ellos, por el
resto. Para hablar de identidad colectiva siempre habrá que hacer referencia a su
dimensión relacional.