la legibilidad, etc.) utilizado durante los procesos de formación profesional de los
estudiantes universitarios y determinar las consecuencias que esa interacción
tiene en las competencias socio–discursivas de los involucrados en el proceso.
Ahora bien, no es difícil deducir que “la mente es el laboratorio donde se
elabora el significado” (CASSANY, 2008:19) de los textos (sean escritos o
mnemónicos ), pero sí es más complicado darse cuenta del proceso como ocurre.
En principio, hablando de los textos escritos, si uno está «bien»
alfabetizado, traducirá de la misma forma que sus semejantes un mismo texto,
aunque esta práctica se reduce sólo al acto de leer. Comprender es otro asunto.
Para comprender —y por tanto apropiarse del conocimiento— se requiere
descodificar el texto para darse cuenta de lo que hay escrito entre líneas, de lo
que el autor mantiene como implícito. Esto se resuelve de distintas formas a según
pertenezcamos a determinada sociedad o, lo que viene siendo igual, a según
domine la cultura en cada uno. Así, una sola palabra colocada en un lugar tendrá
significados diferentes en cada individuo individual o colectivo, estando estos
significados predeterminados por el contexto, el entorno y en sí el bagaje cultural
con que contemos cada quien. Por ejemplo, la palabra «ciego» tendrá significados
y reacciones diferentes si se lee en un cartón colgado del cuello de un indigente
en el centro de la Ciudad de México, o si se lee en una manta sostenida por un
grupo de personas que presencian un partido de fútbol en el Estadio Cuauhtémoc.
En el primer caso, uno podrá inferir que la persona que porta el letrero carece del
sentido de la vista o que intenta conseguir limosnas apelando a la buena voluntad
o dádivas a través del engaño incluso, mientras que en el segundo caso es muy