CASSANY (1989) apunta como importante esta oposición en el campo de la
lingüística, porque distingue lo que debe saberse de lo que debe saber hacerse
con la lengua para «dominar» la escritura. La competencia, dice, es “el
conocimiento implícito de la lengua”, mientras que la actuación es “la utilización
que hacemos de ella en cada situación real y concreta”. Así, en la competencia, lo
que se espera del autor de un texto es que domine el código requerido para
producir textos «sin errores», mientras que, en la actuación, lo que se espera es
que estos textos sean adecuados al contexto en el que se van a utilizar.
BARTON y TUSTING (2005) acuñaron el término artefactos letrados,
apuntando hacia todos aquellos artefactos que utilizan el lenguaje escrito y que
requieren de elementos “culturales y pragmáticos necesarios para dar sentido”
(CASSANY, 2011b:109) a los escritos y así poder llevar a cabo las actividades
diarias. Estos artefactos letrados son de tipos muy variados, y contemplan
absolutamente todo lo existente que de una o de otra forma debamos leer,
comprendiéndolo o no, e incluso apropiándonos de ellos de manera ya
inconsciente, como lo es saber en qué posición poner la palanca de velocidades
del carro, a según queramos que éste avance o retroceda.
“Cada una de las maneras recurrentes y habituales de usar los artefactos
letrados en nuestra comunidad constituye una práctica letrada, un tipo de lectura y
escritura particular” (CASSANY, 2009). Así, comprender lo que leemos y lo que
escribimos toma sentido en el contexto en el que nos encontremos, pudiendo
incluso obtener bastante más información (ver Figura 1) que la que ofrece la sola
práctica letrada en acción.