Explorar estas nuevas modalidades organizativas resulta crucial si se quiere
comprender el mundo actual sin órdenes deductivos válidos de antemano. De
hecho creemos que en estos discursos acerca de la nueva economía y del lugar
que en ella ocupan los productos y servicios intangibles, conceptos y procesos
como la información, la comunicación y la cultura organizacional, puestos a
trabajar en ese marco conceptual, pueden iluminar vastas áreas de la experiencia
humana en estos espacios de acción formalmente restringida a los que solemos
llamar “organizaciones”.
Al referirnos a este término, seguramente se producen ciertas imágenes que aún
conservan atributos tales como estabilidad operativa, localización en un espacio
determinado, carácter formal de sus políticas y procedimientos, y regularidad de
sus actividades. Pero en ese sentido, y en este imaginario, la comunicación es
acción disruptiva, o por lo menos centrífuga, al hecho organizado: debido a que su
matriz de acción es el sentido, su carácter emergente elude constantemente las
determinaciones técnicas en favor de la sociabilidad concreta, forzando así la
flexibilidad de la organización y la indeterminación de los procesos instituyentes.
En tales términos, digamos, la comunicación se experimenta en calidad de
catástrofe, de flujo cuya orientación sólo puede ser circunscrita de modo discursivo
(es decir, determinada externamente).
Suponemos que la razón técnica ha fundamentado históricamente la manera
como se ha llevado a cabo tal operación, la de su modo de aparición en el
discurso de la gestión (Boltanski y Chiapello, 2002; Clarke y Clegg, 2000). Pero en
esa intersección entre la organización y su sentido es que se suceden los