nuestros, donde transitoriamente traicionamos lo que creemos, dejando morir a su
suerte a un compañero por obra de la más cruel indiferencia, del
no lo vi
,
¿a poco
pasó?
, y un momento más tarde, volvernos defensores de las causas que en los
hechos abandonamos.
Abogamos por la salvaguarda de nuestros derechos laborales para
preservar nuestro empleo, pero nos volvemos fríos y apáticos si el trabajo en
juego, es el de otro, bajo la consigna de si se trata de escoger,
primero yo y luego
yo
, si van a despedir a alguien, que sea a otro y no a mi pues, como sentenciaba
Festinger, la aparición del conflicto de desequilibrio, para darle sentido,
suspendemos nuestros valores básicos sólo por sobrevivir en la hostil jungla
laboral, donde se vale hasta matar al rival competitivo, sin castigo alguno pero eso
sí, fuera de este escenario de lógica invertida y perversa, somos defensores a
ultranza de los demás, hasta que algo pasa, que no somos nosotros cuando nos
pasa, la violencia laboral que lleva al límite en la frágil frontera entre lo que se
puede y lo que se debe hacer.
Desde esta perspectiva, la aparición del mobbing no es un acto sádico sino
más bien un intento de re-establecer la consonancia, de recuperar la cordura,
claro, viendo al mobbing como la metáfora de debe morir el mejor para que vivan
los mediocres, y hay dos formas básicas de cómo el mobbing puede servir como
una intención de reducir la disonancia cognitiva: Cambio de situación de uno
mismo por medio de actos desviados, que justifican, en situaciones donde está en
riesgo nuestra supervivencia laboral, la práctica del se vale de todo para lograr lo
que quiero, y por otro lado, un cambio de la situación de los demás por medio de