un grupo, con todo y que no haya pruebas de ello y que la amenaza latente sea
meramente imaginaria.
Si el veneno nos aparece como simbólico, tan desarraigado de verse
cumplido en los hechos, como ave de mal agüero o mal de ojo, sentenciado así
por Girard, como si un hombre se hiciera anatema para desatar desgracias.
Bastan creencias falsas pero multiplicadas en la mayoría, liberando castigos
y crueldad a quien ni la debe ni la teme, empero, puede ocurrir, y Girard lo supone,
que las víctimas de la turba sean al azar o no, sólo sangre como cobro a la deuda
contraída, a la crisis o colapso o avecinarse de un mal.
Y en esos casos quién persigue y a quién persigue de nueva cuenta
preguntado, quizá a los que todos de antaño persiguen, a los perseguidos por
antonomasia.
Piénsese en el holocausto judío, un criterio de selección de víctimas, donde
todos podríamos volvernos victimarios, mayorías contra minorías, principio de
índole transcultural, que desborda contextos particulares y los engulle con ira
ciega, donde el no ser de los más o procurar serlo o ser asimilado, tiene visos de
inadaptación, donde rehusarse o demorar en volverse de los más es causa de su
exterminio, donde el des-adaptarse de sí mismo, de lo que se es, para re-
adaptarse a lo que no se es, es principio de la persecución.
Donde esto se piensa defecto o deformación de lo normal, y ello implica de
suyo un atentado contra la identidad del otro, el que no es como los más es de los
menos, una anomalía que debe desaparecer antes de propagarse y poner en