podrían igual quedar marginados en la medida en que se les juzga como los que
instauran el orden de opresión sobre los diferentes, los que salen del conjunto de
los normales, con todo y que hayan erigido un sistema que vela por riesgos tales
en épocas conflictivas como las guerras o los conflictos internos en las
organizaciones, pues no se está exento de ser perseguido por a quien se
persigue.
De ahí que Girard sentencie que en el límite, todas las cualidades extremas
atraen, de vez en cuando, las iras colectivas, no sólo el poder y el ser desposeído,
sino por igual el éxito y el fracaso, el vicio y la virtud, sobre todo cuando el poder
de los fuertes se muta en debilidad delante del número, de los que llamo los más.
Sea como fuere aun cuando cueste trabajo a veces distinguir entre
discriminación racional y persecución arbitraria, debiera aceptarse que prejuicios
como suspicacias son responsables de esto, y de multiplicarlo y extenderlo con
todo y el supuesto no necesariamente verdadero pero sí riesgosamente posible de
ser erróneo de los criterios persecutorios, aparte de trastornos inherentes o
distorsiones de la persecución, debidas mayormente a cómo el perseguidor
represente el delito, lo sancione y defina a su víctima, así pues en palabras de
Girard se atribuye a las víctimas “crímenes indiferenciadores,” es decir, como velo
a perseguirlas por razones omisas, se trata de postular que sean quienes sean
igual se les perseguiría porque ello depende de la falta más que de quien la
cometa, empero unos rasgos o perfiles te hacen a la corta o a la larga más
sospechoso que otros, no por eso culpable, pero para algunos con mayor
probabilidad de serlo (p. 30).