obsesiona a los perseguidores y siempre es su inefable contrario la
indiferenciación” (p. 33).
Prueba más clara no hay que el que las consignas en contra de la
persecución o acoso a las víctimas de todo tipo no emerjan de éstas, más bien de
la propia cultura, sistema u organizaciones que rechazan de manera general esto
como una guerra contra la persecución, un disimulo contra apatías que la toleran o
una falsa condena abstracta no materializada que sólo explica a los perseguidos
su persecución por no ser como los perseguidores, no en tanto perseguidores, sí
como ese otro que no son, que se erige modelo de todo, que exige des-
diferenciarse para indiferenciarse, no ser más el otro para ser el otro que los hace
otros.
Sin embargo, podría hacerse una lectura complementaria, no contemplada
por Girard, sobre el sentido de lo persecutorio inmanente a la indiferenciación, al
proponer que tal cosa presupondría un no-diferenciarse o devenir al no-
diferenciado.
Lo que implica por igual copiar a aquél del que se difiere, duplicarlo, para
ser como es, a grado tal que se pueda ser su réplica, uno más de los otros que
originariamente no era, como si hubiera la petición de imitarlo, pero imitarlo
entrañaría estar en condiciones de suplantarlo, de reemplazarlo, en una suerte de
poética de la usurpación que pudiera tener como desenlace predecible hasta ser
más original que el propio original.