Ya en su momento a Jesús se le culpó sin absolución posible de hacerse a
sí mismo Dios siendo hombre, un extranjero, un extraño e improvisado para los
rabinos que los superó con creces en su doctrina, y no sólo imitó el ser hombre
sino que aspiró a ser más que eso, hombre eterno, hombre más allá de hombre,
Dios humanado, lo que a la postre le valiera el ser sacrificado, a partir de esto el
comienzo de la genealogía legitimada de los chivos expiatorios, claro siendo Dios
no copiaba al hombre, en todo caso escrituralmente se decía de lo humano que
era copia suya.
Llevar a estos derroteros la frase girardiana es concederle lo no advertido
por éste, no de simplemente concebir y aceptar la diferencia siempre y cuando se
difiera como se debe, como el discurso hegemónico dicte que el otro no soy yo, de
cualquier modo, el siquiera hablar de modos permitidos del diferir haría de igual
manera de la indiferenciación un catalizador de la rebeldía al diferenciarse del
resto no por las diferencias específicas de cada cultura, sí por un intento de diferir
de esa manera de diferir, de diferir de la diferencia establecida.
Invocando para lo cual cosas como diferir de la propia identidad para
abrazar otra, que tanto es anulación de sí mismo como acto emancipador de ser
como se quiera ser, hasta desdibujar las fronteras reconocidas como normales,
desbordando las fronteras de lo aceptado, y así el imitar al otro, al que posee el
discurso del poder, lo lleva en esa indiferenciación no de partida que sí de
desembocadura, a ser el otro hasta el punto de propiciar en él la actitud opuesta,
un imítame que no me imites, cuando atrás se esconde la intención velada de
substituirme, lo que desencadenaría la violencia por la pérdida de identidad o por