no, y por otro el intento de imitar lo repele en tanto la imitación deriva guerra por lo
deseado.
Es un suspenso entre imitar y no imitar que consume la existencia, un doble
imperativo categórico doblemente frustrado, cuando se siguen deseos
concurrentes, que convocan a otros, su desenlace mimético es el fracaso, y esto
piensa Girard refuerza la fuerza de lo mimético, porque es el intento vano por
imitar sin ser imitado y dejar de ser quien imita ni volverse lo imitado, o buscar
anheloso lo imitable antes que otro, es chocar con la violencia recíproca del deseo
adverso, del otro por lo mismo.
Y si de aquí volviéramos al mecanismo de resolución de la violencia,
violento en sí mismo, el chivo expiatorio, y hablar otra vez de los substitutos,
pensaríamos en lo que pasa cuando las diferencias desaparecen entre los otros
candidatos al suplicio, cuando la identidad es perfecta, cuando son copias exactas
o réplicas entre sí unos de otros, el momento casi mágico de que los opositores
son uno y el mismo o lo mismo, que se han convertido en dobles, intercambiables,
lo que aseguraría la substitución sacrificial.
Los corderos llevados al matadero por nosotros, somos nosotros mismos y
no lo somos, el doble que casi lo es, que no lo es o deja de serlo, que oscila entre
el otro que desea lo que deseo y yo mismo, gesta una alucinación al juntar lo
separado, al hacerlo coincidir borrando sus fronteras, crea al monstruo, al doble
monstruoso, ni el otro ni yo, los dos y ninguno, ambos.