Girard sabe esto de sobra al identificar en la figura del extranjero tanto la
representación de los menos a mi parecer como el soslayar o no respetar las
diferencias, toda vez que no son sus peculiaridades y por lo mismo está
desprovisto de ciertas cualidades cuya carencia no las nota, de ahí que se le
rechace, o se interprete como rechazo o mal modo su actitud hacia los oriundos,
queriendo vivir como si estuvieran entre los que son como ellos sin estarlo.
Como destaca Girard, la designación bárbaro no se profiere a los que
hablan otra lengua sino a quien confunde o no sabe las reglas gramaticales
esenciales, más allá de las palabras de determinada lengua, derivadas de las
palabras originarias, las del griego por supuesto.
Del mismo modo el odio en palabras encarnado, es proferido más por la
privación que por la diferencia, esto es, decir que se odia no es en sí misma una
expresión para mentar a lo otro diferente, pues lo diferente puede merecer
aceptación y admiración bajo ciertas condiciones, se odia y rechaza la anomalía,
el defecto, lo que le falta a algo para ser cierta cosa, lo que no tienen otros que los
hace defectuosos al compararse con nosotros, lo que les falta para ser nosotros.
Así el extranjero es traidor a la patria pues no vela por la patria ajena como
el subordinado es el no líder ya que no ha llenado el puesto del líder y ello lo
vuelve menos que aquél, agigantando más lo que le falta para alcanzarlo que la
posibilidad de llegar a serlo, pues en su condición no guía a otros por ser guiado y
seguir a otros.