mejores, pero víctima al fin y al cabo, sólo deja como opción, propiciar con
engaños, su auto-aniquilación, como único recurso para expulsar al mejor, que
sólo lo puede hacer su declaración confesa y absurda de que, paradójicamente, es
el peor de todos, y no sólo lo cree, busca ocasión de ratificarlo, extrañamente, en
la condescendencia de los otros, que no quieren decirle cuán malo es.
Si, en realidad, no han cesado de propiciar escenarios donde todo parezca
así, ese falso favor de, puedes mejorar y no todo está perdido, destruye tanto,
como la compasión, que hace sentir al que la recibe, que de otro modo, no podría
escapar de su suerte, es el típico mentir piadoso, que nos dice que volveremos a
ser tan buenos como llegamos a serlo alguna vez, pero es que no lo hemos
dejado de ser, sólo de creer, por lo mismo, la metáfora puede conducir a un
desengaño, que des-enmascara y libera, donde lo brutal del ser consciente de
golpe, cede ante el gradual desvelamiento parabólico que, como moraleja, nos
enseña a recobrar el control, y la conciencia perdida, y adormilada, de qué tan
bueno se es.
Entiéndase, la metáfora, primero es un retrato distorsionado de la realidad,
que sí podemos soportar sin devastarnos, y que le daría al victimizado, el espejo
que refleja en otros, no en sí, su proceso de auto-destrucción, para poderlo
identificar y reconocer, en primera instancia, sin caer en profunda depresión, que
aquello lo erosiona, que ese mal llamado mobbing, a un ritmo avasallante e
irreversible, lo destruye, pero cómo percatarse de esto cuando se vive en la
inconciencia construida por otros de que el que era el mejor, se volvió, quién sabe
cómo, el peor.