son frágiles y fútiles. Cada relación desarrollada es única: hacia cada persona se
dirige un conjunto de emociones, emociones que, sin embargo, contienen cargas
fluctuantes –a veces se ama más, a veces menos–, cambiantes –a veces se ama,
para luego odiar–, e inclusive, ambivalentes –se odia y ama a la vez–. En palabras
de Collins, “Nadie siente una atracción idéntica por todos y cada uno de los
demás; las diversas pautas de preferencia adoptan el carácter de un mercado
interaccional” (Collins, 2009, 193).
Las personas en un contexto organizacional están constantemente
interrelacionándose. La interacción de los individuos deviene en la generación de
vínculos pletóricos de rituales interaccionales, independientemente de si tales
vínculos son formales o informales. Para Collins, un ritual de interacción es “un
conjunto de procesos unidos por conexiones causales y bucles de
retroalimentación” (Collins, 2009, 72), debiéndose entender por ritual “un
mecanismo que enfoca una emoción y una atención conjuntas, generando una
realidad temporalmente compartida.” (Collins, 2009, 21).
Los rituales de interacción es una categoría de la teoría de rituales de interacción
de Collins, un modelo analítico aplicable a cualquier periodo histórico que intenta
explicar la generación, mantenimiento y debacle de símbolos, mediante la
aprehensión sin predisposición de la interacción ritual como centro del análisis,
mismo que se efectúa a partir de la interacción micro-social en situaciones locales.