La teoría de los rituales de interacción de Collins, ante los estudios del duelo, hace
susceptible asimilar la pérdida como un estímulo emocional transitorio –frente a un
microcambio, entendido como acción o suceso común– y al duelo como
efervescencia colectiva. Para Collins, la pérdida alude a la muerte de una persona
y al ritual fúnebre que dicha muerte conlleva. El ritual fúnebre inicia con la tristeza
entendida como emoción transitoria: el ser querido ha muerto y los deudos se
sienten tristes. El muerto focaliza la atención de aquellos que concurren al funeral
–el suceso compartido– e intensifica la emoción transitoria –la tristeza–, hasta que
ésta deviene en estado emocional compartido. Así, durante el funeral, se percibe
un abatimiento generalizado, mismo que se acrecienta por los acontecimientos
que se presentan en el funeral y que hacen recordar constantemente el motivo de
la reunión –el foco de atención coincidente–: llanto, congoja, intentos de
reconfortar al doliente. Se presenta, entonces, una efervescencia colectiva: un
duelo que circunda a todos los asistentes al rito funerario. El ritual funerario es
considerado un ritual exitoso al generar o regenerar sentimientos de solidaridad
que perduran en el tiempo, aun cuando se trate a una emoción negativa, pues
“Los rituales son transformadores emocionales y pueden metamorfosear
emociones negativas en positivas.” (Collins, 2009, 127).
Los rituales de interacción y las cadenas de rituales de interacción –rituales de
interacción vinculados que trascienden el tiempo– permiten congregar en una red
a las personas que participan del ritual, y segregar a aquellas ajenas al mismo.
Para Hertz (1990) y Thomas (2015), ante un microcambio es posible vislumbrar