sobre la realidad que suscribe a sus integrantes, lo que denomina Bourdieu (1997)
“es un principio de construcción, a la vez inmanente a los individuos (en tanto
colectivo incorporado) y trascendente en relación a ellos, dado que lo
reencuentran bajo la forma de la objetividad en todos los otros” (p.130). De tal
manera, que los individuos son, en gran parte, portadores de un capital cultural
interiorizado desde su nacimiento y desarrollo en el seno familiar. La reproducción
social tiene su fundamento en los vínculos familiares que denotan condiciones de
acumulación y trasmisión de privilegios económicos, culturales y simbólicos.
La familia es un ente que estructura comportamientos fundamentados en la
interacción social que regula, canaliza y confiere significados sociales y culturales
de las distintas formas de convivencia entre los integrantes, los otros y en general
con la sociedad (Jelin, 1984) donde la llegada de un nuevo ser que se integra a un
espacio social que se conforma por un sistema económico, cultural e histórico
dando lugar a una posición social y a prácticas arraigadas e interiorizadas que han
sido condicionadas socialmente y relacionadas con un estilo vida donde se
confiere un
habitus
definido que incorpora prácticas distintas y distintivas
estableciendo parámetros de lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que está
bien y lo que está mal, entre lo que es distinguido y lo que es vulgar; así, la
socialización de la nueva persona se instituye a través de transmisión de las
normas, valores y modelos de comportamiento que dan cuenta de formas de
pensar, de percibir, de ver, de dividir y de evaluar necesidades y capacidades
dando lugar a un principio generador de prácticas que permite construir el mundo