Cuando hablamos de capital social a nivel organizacional, nos referimos a aquel
que se genera en las relaciones formadas por los miembros de una organización
para la acción colectiva y se observa a nivel de individuos entre y dentro de las
organizaciones, es decir a través de relaciones interpersonales e
intraorganizacionales.
La tesis de Burt (1997) apoyada por el artículo más reciente de Bolino (2002)
realiza aportaciones al valor contingente del capital social. Es decir, las decisiones
de los individuos tienen un impacto fundamental sobre el desarrollo del capital
social y los comportamientos de ciudadanía en la organización fundados sobre la
honradez, la obediencia y la participación social contribuyen al desarrollo del
mismo, y estos a su vez forman parte de la identidad organizacional. Los
comportamientos ciudadanos son contingentes al contexto, por ello se habla de la
contingencia de los determinantes del capital social. El capital social hace
referencia hacia aquellos factores que nos acercan como individuos y a cómo este
acercamiento se traduce en oportunidades para la acción colectiva y el bienestar
del grupo. Se puede decir que el capital social es la capacidad de un colectivo de
personas (grupo, organización, comunidad, región) para generar procesos de
relación y cooperación que inciden de forma positiva en la eficiencia y la eficacia
de las comunidades.
Con base en esto, se puede pensar que la asociatividad influye en la construcción
del sistema de valores organizacional, el cual se construye a través de los
comportamientos de los individuos en la organización y que éstos son