La impronta lúdica es decisiva en el diseño de la organización, en el
establecimiento de rutinas, en el curso de su trayectoria tecnológica, en la
institucionalización de pautas y normas, en la creación del entramado simbólico
que orienta y da sentido, en la instauración de lenguajes y narrativas, en la
producción colectiva de mitos y ceremonias, en la productividad y la competitividad
(el mismo término alude a uno de los rasgos del juego: la competencia), en la
configuración de relaciones de poder (los juegos del poder, justamente). La
impronta lúdica atraviesa a la organización en varios niveles y en diferentes
registros que van mucho más allá de la mera utilización instrumental de juegos
para el incremento de la productividad. Si la organización nace preñada de juego
es porque éste le precede.
3. La organización del juego
En toda organización encontramos elementos lúdicos, pero no todo juego implica
organización. Basta ver el juego en solitario de una niña con sus muñecas, el de
un chico con su pelota, o inclusive un juego de conjunto que se realiza con el
único afán de la diversión para constatar que el juego existe, al margen de la
organización. No obstante es necesario detenernos un momento a observar con
más detalle la organización del juego. Para tal efecto, es necesario recuperar las
ideas fundamentales de los textos canónicos en la materia: el
Homo Ludens
de J.
Huizinga (1938, 2008),
Los Juegos y los Hombres
de R. Caillois (1986) y
Le Jeu
de J. Henriot (1969).
El trabajo seminal de Huizinga es bien conocido en la antropología, la sociología y
los estudios de la cultura, pero quizás no ha sido suficientemente reconocido por