Es imposible comprender lo que fue, lo que es la historia humana,
prescindiendo de la categoría de lo imaginario. Ninguna otra permite
reflexionar sobre las siguientes preguntas: ¿qué es lo que fija la
finalidad
, sin la cual la funcionalidad de las instituciones y de los
procesos sociales seguiría siendo indeterminada?, ¿qué es lo que, en la
infinidad de las estructuras simbólicas posibles, especifica
un
sistema
simbólico, establece las relaciones canónicas prevalentes, orienta hacia
una
de las incontables direcciones posibles todas las metáforas y las
metonimias abstractamente concebibles? Castoriadis (1983:278.
Negritas en el original.)
El concepto de imaginario nos permite integrar los registros de orden social e
histórico con los registros de orden psíquico. El imaginario social instituyente es el
nudo donde la historia y el deseo se encuentran. Señala Castoriadis (1998: 41) “la
psique y lo histórico-social son irreductibles el uno al otro” puesto que “la psique
está socializada (si bien nunca del todo)” (Castoriadis, 1998: 42). Es decir, psique
y sociedad se implican recíprocamente lo que impide que una se reduzca y
explique por la otra, habida cuenta de que responden a leyes de naturaleza
diferente.
Para nuestra argumentación sobre una posible teoría del capital lúdico, el
concepto de imaginario es central porque es en el juego, en tanto institución,
donde se encuentran lo histórico-social (las estructuras en nuestro esquema) con
la psique (los jugadores). Así también el postulado de Henriot sobre el juego como
imaginario en acto adquiere absoluto sentido.