Lo anterior, para señalar que el trabajo minero, en lo histórico, forma parte de lo
infrahumano (la ultratumba), siguiendo a Ramazzini, y que esta historia continúa
bajo la égida del capital, en el presente. Reconociendo que las condiciones de
trabajo de los mineros son deficientes, por posturas incómodas, confinamiento
extens
, herramientas inadecuadas, déficit en el equipo de seguridad y manejo
de sustancias peligrosas, no pensamos en los cuadros de enfermedad o al
accidente como hechos azarosos, por ejemplo al accidente como ese hecho “que
se presenta –sin desearlo, sin pensarlo- y que tiene como consecuencia un daño”
(Flores, 1990: 5), o como la acción insegura de un trabajador, sino sobre todo
como un hecho socialmente construido.
Ramazzini comienza su trabajo clásico (fines del siglo XV) aludiendo al trabajo de
los mineros -“los condenados a las minas” (Ramazzini, 2008: 63)-, como
habitantes de ultratumba. Pero la afectación del proceso de trabajo, si bien incide
directamente en los trabajadores, también tiene efectos externos, colaterales, por
ejemplo los que “viven alrededor de las minas sufren los efectos de los vapores
metálicos que trastornan a los espíritus vitales y animales y alteran las funciones
del organismo (Ramazzini, 2008: 71). Las diversas y graves enfermedades de
estos trabajadores son dos: una veta, referida a las sustancias usadas; la segunda
veta, los movimientos y posturas. Ramazzini elaboraba estas ideas en el siglo XV.
Desde esos años, hasta el presente, podemos coincidir con el sentido de que al
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“Claro, le pagan a destajo, y es deplorable el entorno físico en que labora (los
túneles no tienen más de metro y medio de altura, trabajan agachados en jornadas
que oscilan entre las 10 y 12 horas)”, (Méndez y Berrueta, 2011: 73)